Capitán Palacios, EL TRIUNFO DE LA VOLUNTAD

Articulo de Maximiliano Bernabé.
Si preguntamos a alguien por la calle en la triste y mediocre España de nuestros días por Teodoro Palacios Cueto tendremos resultados desalentadores; y eso a pesar de haber sido uno de los protagonistas de una de las mayores gestas heroicas de la Historia. Si lo hacemos por la División Azul, o lo que es lo mismo, la División Española de Voluntarios o la 250 de la “Wehrmacht” ya a algunos les sonarán campanas, aunque puede que oigamos hasta alguna memez del estilo de que lucharon al lado de los malos. En fin, que años de destrucción paciente y metódica de la enseñanza de la Historia, y de la enseñanza en general, han conseguido esto y mucho más. Al respecto de eso de los buenos y de los malos, y de que la Historia la escriben siempre los que ganan recuerdo lo que me contaba una descendiente de letones que tuvieron que huir de su país cuando llegaron los soviéticos en 1944, quien había ido de viaje a Letonia tras la caída del comunismo y había visto la que había sido la casa de la familia, a la que ya nunca volverían. Bien, ella me decía: “Y esto no lo podemos contar mucho, porque como fuimos los “malos”. Pero entrar en estas cuestiones desbordaría con mucho las pretensiones de esta modesta reseña.



Nos estamos refiriendo a “Embajador en el Infierno”, las memorias del capitán de Infantería Teodoro Palacios (1912-1980), redactadas por Torcuato Luca de Tena,  publicadas por primera vez en 1955 y recientemente reeditadas (Editorial Homolegens), lo que es de agradecer ya que se trataba de un libro prácticamente inencontrable como no fuese en librerías de viejo. En 1956 José María Forqué dirigió una película, “Embajadores en el Infierno”, dignísima adaptación de este libro y fiel recreación del universo concentracionario soviético. Pues de eso se trata, de un verdadero reportaje sobre una de las mayores injusticias del siglo XX: el cautiverio de varios cientos de españoles en prisiones y campos de concentración y trabajos forzados soviéticos durante once años, en algunos casos más, contraviniendo la mayor parte de los tratados internacionales –todos ellos suscritos por la URSS- que regulan en trato a los prisioneros de guerra. Por muy pesimistas que fueran las impresiones del capitán Palacios y sus compañeros cuando en Febrero de 1943 fueron hechos prisioneros tras la durísima batalla de Krasny Bor poco podían imaginar lo que les esperaba. Y eso que no se hacían muchas ilusiones: a cada ademán brusco pensaban que sus guardianes rusos los iban a fusilar. No les harían ese favor. Muchos morirían en el cautiverio, sí, pero sólo después de que se hubiera intentado con ellos todo lo posible para destruir sus personas por fuera y por dentro, en el segundo de los casos con muy escaso éxito, dicho sea en descargo de los prisioneros divisionarios.
Hambre, frío, enfermedad, malos tratos, jornadas extenuantes de trabajo. Todo lo que imaginarse pueda. En el primer campo en el que recalaron, Cheropoviets, en lo más crudo del invierno fueron matados literalmente de hambre. Algunos prisioneros llegaron a rebuscar partes no digeridas entre los excrementos de los enfermos de disentería; otros recurrieron al canibalismo. Afortunadamente, la fuerte disciplina, cohesión y respeto a sus oficiales, hizo que el grupo de los españoles no participase de estas prácticas. En Suzdal comenzaron las presiones para que los oficiales realizaran trabajos forzados, saltándose una vez más la Convención de Ginebra. Todo ello acompañado de presiones políticas de la peor especie, de adoctrinamiento comunista, de incitaciones a la traición a sus camaradas y a su Patria. Y cuando del secundar o no estas incitaciones dependía morir o vivir en condiciones cada vez más penosas se comprende el heroísmo del capitán Palacios y los suyos en su gigantesca dimensión. Ellos no doblaron nunca la rodilla, y el precio que tuvieron que pagar  fue muy alto. Especialmente innoble era el odioso trueque que continuamente se les proponía: Renunciar a la nacionalidad española a cambio de una incierta libertad como ciudadanos soviéticos en esa gran cárcel que era la Rusia de Stalin. Huelga decir que, exceptuando dos casos, nadie aceptó, caso único de todos los prisioneros, entre los cuáles, los alemanes especialmente, estas conversiones no fueron infrecuentes. Además del temple de acero que supusieron estas pruebas para Palacios y los otros oficiales (verdadero espíritu y ejemplo para sus hombres), ellos tuvieron la inteligencia para darse cuenta la falsedad de cualquier promesa hecha por gentes carentes del más mínimo sentido del honor. Trágicamente pudieron comprobar  en numerosas ocasiones la consumación de la bajeza por un régimen criminal. Durante su cautiverio se encontraron con españoles refugiados procedentes de la zona republicana durante nuestra última Guerra Civil; lejos de recibir un trato medianamente humano, sus condiciones diferían en muy poco de las de los prisioneros de guerra. Incluso, en algunos casos como el de los marinos mercantes y los pilotos retenidos ilegalmente, fue mucho peor. Alguna vez, especialmente los aficionados al uso tendencioso de la llamada “memoria histórica” deberían volver la vista a la rapacidad que planeó siempre sobre la ayuda soviética a la segunda República, cuyo verdadero objetivo era probar su armamento y, de paso, esquilmar los recursos españoles. Sin contemplaciones, se quedaron con muchos mercantes atracados en sus puertos, y de muchos de sus marinos nunca más se supo.
Este calvario tuvo su precio. La lucha  por la dignidad, o por cosas tan simples como recibir correspondencia de las familias de los prisioneros, tal como sucedía con los prisioneros de otras nacionalidades supuso al capitán Palacios arrostrar tres huelgas de hambre, dos condenas a veinticinco años de trabajos forzados y el traslado a cárceles cada vez peores, donde convivió con criminales autóctonos y pudo conocer que bajo la fachada férrea de orden y disciplina el régimen soviético albergaba enormes injusticias sociales, una delincuencia organizada (incluso partidas de bandoleros hasta bien entrada la década de 1950) y una población reclusa de casi treinta millones de personas. Todo ello en el supuesto paraíso de los trabajadores.
Muchas enseñanzas se pueden sacar de este libro. Además de la gran vocación de servicio a la patria de hombres como Palacios, los tenientes Rosaleny y Altura, el alférez Castillo, el sargento Salamanca, el soldado Victoriano Rodríguez y tantos otros, un coraje y una determinación que nos deberían dar qué pensar en esta España anestesiada y mediocre donde tantas veces oímos, frente a cuestiones nimias: “Esto es lo que hay… ¿Qué quieres que haga? Esto no tiene solución”. Ellos siempre buscaron una solución. Nunca se rindieron.


Maximiliano Bernabé Guerrero.

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